La Dignidad

Hablar de la dignidad nos conecta con uno de los ejes más profundos del ser humano, y que nos habilita para vivir en condiciones de bienestar y de poder para el progreso y alcanzar nuestros anhelos. La dignidad, o la ausencia de ella, nos acompañara durante toda nuestra vida, y tiene gran relevancia y trascendencia para todo ser humano, no importando raza, edad, ocupación o inquietudes. Es por lo que, al hablar de la dignidad y reflexionar sobre ella, se nos invoca al gran proyecto de nuestras vidas.

 

La dignidad, como un artefacto del lenguaje, nos refiere a un acto declarativo, es decir a un juicio (opinión). Es decir que no existen por sí solos hechos o eventos dignos. Solo existen personas que participan en conversaciones, relaciones, y sistemas que los llevan a vivir la dignidad a través de tipos específicos de relacionamiento y de valoración propia.

 

Sin embargo, no sucede que una conversación, relación o sistema sea de igual manera digna para todo ser humano. Existen circunstancias que serían dignas para algunos, mientras que para otros no. Con eso dicho, buscaremos ubicar las circunstancias que generarían el vivir con dignidad. Podríamos definir eso como las fronteras o límites de la dignidad, y sería aquello que en la experiencia del ser humano es acotado por:

 

  • Las posibles hechos o indicadores verificables que validarían la existencia de dignidad. Se hablará de esto bajo el cobijo de las afirmaciones.

  • Las condiciones, que, de surgir, diluirían la validez para decir que alguna entidad o situación se maneja dignamente. Se hablará de esto bajo el cobijo de los estándares.

  • Los diferentes espacios o dominios dentro de los cuales puede surgir la dignidad

  

Inicié hablando de tipos específicos de relacionamiento y de valoración propia. ¿A qué me refiero? Para explorar eso, es necesario movernos a la experiencia; a la forma en que el ser humano se relaciona con otros y consigo mismo, así como la percepción de su propio valor en dichas relaciones. La valoración propia, o amor propio, invoca a toda inquietud que se relacione con deseo o ambición individual para procurar contextos biológicos, físicos y emocionales que provoquen la supervivencia, el progreso, la integridad, el gozo y la salud del individuo en sociedad. Esto genera un espacio de cultivo para la dignidad, y les llamaré “contextos generativos de dignidad”. El procurar estos contextos generativos de dignidad, implicará también la elección de las relaciones con los otros, o las acciones y formas que permitimos en las relaciones con los otros.

 

Las afirmaciones que podríamos verificar para validar qué una persona vive dignamente, serán aquellas que nos confirmen la existencia de contextos generativos de dignidad, entre las cuales citamos algunos ejemplos:

  •  Hechos verificables relacionados al cuidado del cuerpo (evita la ingesta de tóxicos, se ejercita, de alimenta de forma saludable, etc.)

  • Hechos verificables relacionados al cuidado de su espacio físico (oficina, auto, hogar) en estado de limpieza y orden, de cierta forma esto que le permite disfrutar de su estancia en estos espacios

  • Escucha sus anhelos e inquietudes, y emprende acción coherente para alcanzarlos: hechos verificables de acción evidente

  • No prioriza los anhelos e inquietudes de los otros con el costo de censurar los propios

  • Hechos verificables de relacionamiento con los otros, legitimando sus propios deseos y anhelos: realiza las peticiones, ofertas, reclamos, negociaciones, y acuerdos en coherencia con sus posibilidades e inquietudes

  • Hechos verificables de relacionamiento con otros basado en el respecto y reconociéndolos como legítimos diferentes, esto con afán de construir un contexto social que le genere bienestar

  • Hechos verificables de establecimiento de límites que procuran su integridad, salud, progreso y persecución de objetivos: decir que no, decir “ya basta”

  • En general, hechos verificables de toma de decisiones alineadas a procurar contextos generativos de dignidad

 

 

Ahora bien, ¿en que medida o en que magnitud deben estar presentes estas afirmaciones para asegurar que se vive la dignidad?, ¿Será que, por ejemplo, el comer un antojo poco saludable, esto nos hará perder la dignidad en cualquier caso? Una medida la podemos encontrar en el dominio de la emocionalidad. ¿Cómo es que se llega a sentir una persona que come un postre?, Tal vez habría que preguntarse: ¿Con qué propósito o inquietud se lo come? Tal vez, es en la forma en que cada persona se siente después de haber decidido, donde se encuentra el punto exacto entre la dignidad o la falta de ella. La emoción podría ser una cuando comemos buscando llenar un vacío (situación en la que metafóricamente el postre podría estar usándonos), u otra cuando lo hacemos desde nuestra capacidad de gozo y autogestión. Ahora apuntaré a un ejemplo distinto: el decidir en función a satisfacer a los otros, censurando las propias inquietudes. Para este segundo ejemplo, la emoción resultante al decidir algo opuesto a lo que deseamos, o incluso de aceptar algo que nos afecta, podría ser el desánimo y tristeza. Esta emoción suele acompañarse de la pérdida de motivación y energía, terminando en la incapacidad de emprender acciones.

 

En otras palabras, al mirar la emoción que resulta de nuestras decisiones, podremos reconocer ciertos niveles de satisfacción a nuestras inquietudes, así como nuestros niveles de energía. Estos niveles, junto con la existencia de un contexto generativo de dignidad, pueden jugar de estándar para validar la dignidad. Cuando una persona reconoce que estos niveles le son insuficientes para operar con ambición y bienestar, podemos pensar que la decisión tomada o situación involucrada no ha sido digna.

 

Es así como podemos reconocer que la dignidad existe dentro del espacio de la emocionalidad. El estándar que define si una situación es digna o no lo es, apunta a la emoción resultante de las acciones que comprometen al contexto generativo de dignidad. La emocionalidad es un espacio maestro que nos acompañará en cualquier otro espacio de nuestras vidas (casa, trabajo, amistades, familia, la soledad, etc.), por lo que digo que el concepto de la dignidad atravesará toda nuestra existencia.

 

Analizar a mayor profundidad la dignidad nos puede llevar a nuevos destinos, por ejemplo, a las consecuencias directas y observables que resultan de vivir o no la dignidad. Una suele ser la forma que adopta el cuerpo de quien se siente digno, en contraste con el cuerpo de quien se siente indigno. El cuerpo de quien vive en dignidad puede mirar de frente, sin tensión lo que pudiera resultar al cultivar el contexto generativo de dignidad. Un cuerpo en dignidad suele tener la cabeza en cierta posición que se permite un espacio libre en la nuca. Al estar de pie, se percibe una postura firme que nos se derrumbaría con facilidad, sin que esto implique alguna tensión particular. Al andar, se pueden observar movimientos fluidos, firmes, e incluso con cierta inclinación hacia adelante. Otras podrían ser los resultados que logra generar quien vive en la dignidad. Es mas probable que viviendo en la dignidad, se observe el cumplimiento de los objetivos, esto dado el poder que se construye por escuchar los propios anhelos y emprender acción coherente.

 

También sería posible hablar de consecuencias indirectas, pero también observables, que resultan de vivir o no la dignidad. Por ejemplo, aquellos que se relacionen con una persona que vive la dignidad (Grupo A), muy probablemente tendrán experiencias e interpretarán una identidad pública de forma muy particular, y esto será diferente a las experiencias e interpretaciones de identidad que se tendrán al interactuar con otra persona que no viva la dignidad (Grupo B). Grupo A y grupo B podrían decir de aquella persona con la que se relacionan:

 

Grupo A

  1. Le es posible decir que no

  2. Expresa sus opiniones, aún cuando difieren de las de otros

  3. Su presencia física se nota cuando llega a cualquier espacio

  4. Pide lo que necesita

  5. Ofrece lo que quiere

  6. No acepta menos

Grupo B

  1. No puede decir que no

  2. Suele alinearse a lo que opinan otros

  3. No se ve

  4. No suele pedir, o no pide de forma efectiva

  5. No se atreve a ofrecer

  6. Acepta menos 

 

Incluso se podría ampliar la reflexión de la dignidad cuando el individuo ocupa alguna posición (rol), y que, por eso, toma componentes de identidad que dicho rol le provee. El rol mismo puede traer implícitas condiciones adicionales para la dignidad. Tomemos como ejemplo un rol de ventas, para el cual pudieran haberse definido ciertas condiciones de remuneración económica en relación con el cumplimiento de ciertos objetivos. La dignidad estaría en juego toda vez que las condiciones fueran modificadas con afectación a la remuneración, y el individuo afectado permaneciera en el rol censurándose la posibilidad de reclamar, negociar o terminar la relación. Esto podría detonar mayores dificultades para el cumplimiento de resultados a causa de la emoción que limitará la capacidad de acción generativa del vendedor.

 

Desde otra perspectiva, solemos escuchar de la existencia de "trabajos dignos", y de "trabajos indignos". Al escuchar a otros hablar acerca de lo que es un trabajo digno, se suele clasificar como dignos a aquellos trabajos que no implican el ir contra del contexto generativo de dignidad, mayormente haciendo referencia a lo que impacta al progreso, la integridad, gozo y la salud del individuo en sociedad. Pongamos como ejemplo a la actividad delictiva, misma que en su ejercicio agrede al bienestar e integridad de los otros, poniendo en riesgo la relación del individuo con la sociedad. El trabajador indigno afecta a la sociedad y a la conectividad que tiene con esta, generando niveles importantes de toxicidad en esta relación.

 

Es debido a esta perspectiva que le otorga el carácter de digno a aquello que no afecta a nuestra relación con la sociedad que usaré la relación con la sociedad en la construcción de un concepto general de la dignidad.

 

La dignidad, como concepto general, refiere a las emociones que se generan en una determinada persona, durante y después de emprender acciones que se desprenden desde el amor para con nosotros mismos, y que, dado el carácter social del ser humano, también para con los otros, dejando para lo indigno toda acción que no provenga desde esta fuente.

 

Oscar NovoaComentario